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RESUMEN.
La inteligencia artificial (IA) está transformando la sociedad, y el ámbito de la salud no es ajeno a esta revolución. Según el Dr. Paolo Lauretta , director de la Diplomatura en IA de la Fundación Iberoamericana de Salud Pública (FISP), hacia 2030 habrá un déficit global de 18 millones de profesionales de la salud, incluidos 5 millones de médicos. A esto se suma el aumento de enfermedades crónicas, infecciosas y las consecuencias del cambio climático, lo que exige respuestas innovadoras y urgentes.
La IA ya forma parte de la medicina actual. Su capacidad para analizar grandes volúmenes de datos permite realizar diagnósticos más precisos y detectar riesgos con una eficacia superior a la humana. Estas herramientas no solo mejoran la calidad de atención, sino que también permiten avanzar en nuevos tratamientos.
Una de las críticas frecuentes es el temor a que la IA deshumanice la medicina. Sin embargo, según Lauretta de Santis, ocurre lo contrario: “nos permitirá ejercer una medicina más humana”, al reducir las tareas burocráticas y facilitar un mayor contacto con los pacientes, gracias a tecnologías como el procesamiento de lenguaje natural.
Un ejemplo concreto es la detección de cáncer de mama. Gracias al deep learning, se logró estandarizar la evaluación de la densidad mamaria, un factor de riesgo clave, mejorando la precisión y reduciendo errores humanos.
Aun así, la IA no es una solución mágica. El “Estudio de Cien Años sobre la Inteligencia Artificial”, de la Universidad de Stanford, advierte sobre el riesgo del tecno-solucionismo. Se requiere una fuerza de trabajo capacitada, donde los médicos no solo utilicen IA, sino que participen activamente en su desarrollo y regulación.
Lejos de reemplazar médicos, la IA exige profesionales con sólidos conocimientos en salud para guiar su implementación. En este nuevo paradigma, la clave es sumar tecnología al conocimiento humano.


